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Las dudas de Juan y las certezas de Elisa



Juan ya llevaba varios días alojado en casa de Elisa. Como si fuera un huésped en un hostal, pero en casa de su hija y de la madre de esta. Alegre e incómodo a la vez, tranquilo y expectante, con la prudencia de quien no se atreve a abrir el frigorífico en casa ajena. Allí estaba su hija, a la cual adoraba, allí estaba uno de los tres amores a los que siempre sería fiel y, casi seguro, que correspondido. Allí estaba su hija, pero también estaba su madre, educada y complaciente con él, pero siempre empeñada en mantener las distancias de un trato simplemente cordial. Ese tipo de tratos que, aunque amables y educados, siempre procuran dejar claro qué limites no deben propasarse y qué lugar ocupa cada uno.

Hablaba de vez en cuando con María, muy de vez en cuando, cada vez menos. Pasaba el tiempo desde la separación y lo que antes parecía excepcional ahora iba entrando en el terreno de la normalidad. Se iba amoldando poco a poco a la nueva situación y con ello iba teniendo una nueva sensación. Esa, tan peligrosa a veces, en la que te vas acomodando a una situación y no terminas de solucionar bien los problemas que quedan pendientes de la anterior. Por otro lado María no ponía nada de su parte, era la persona engañada y no quería dar su brazo a torcer. Juan, conociendo a su mujer, se daba cuenta que no solo no iba a dar su brazo a torcer por orgullo, es que se la veía cómoda y a gusto en su nueva situación. Mejor de lo que nunca hubiera pensado y eso era algo que a Juan a veces le disgustaba más de lo que le tranquilizaba.

Comenzó de nuevo a trabajar con normalidad. La gente en el pueblo le miraba y no le decía nada sobre el asunto. A pesar de los seguros cotilleos que habría a sus espaldas, ante él mantenían una prudencia que muchas veces evidenciaba ser forzada. A veces por esquivar el tema la gente no llegaba ni a nombrar a María produciéndose situaciones graciosas por no saber muchos de ellos ni qué decir. Veía su casa desde lejos cuando iba a su nave y procuraba tomar cualquier ruta que le alejara lo máximo posible de ella, de su casa y de María. María parecía tenerle como vigilado, nunca la veía, nunca estaba en la calle cuando él pasaba por el pueblo. María conocía sus costumbres y evitaba un encuentro tenso, puesto que en esos días solo habían hablado por teléfono. Nunca cara a cara.

Una de las cosas que más satisfacción le producía de todo aquello era estar tan cerca de Claudia a diario. La ayudaba en sus deberes, la llevaba y la traía del cole y procuraba pasar el mayor tiempo posible con ella. Eso agradaba a Elisa, nunca se lo demostraba, pero le agradaba. Elisa parecía mantenerse en una posición como de estatua cuando estaba en presencia de Juan. Siempre con amabilidad, con una sonrisa y con educación, pero intentando transmitirle lo menos posible. Evitando cualquier sonrisa o expresión que pudiera delatar sus verdaderos sentimientos, lo que pensaba de verdad. 

Esa también era una nueva situación para ella. A todos nos cuesta acostumbrarnos a las novedades, a Elisa también. Estaba conviviendo con el que fue la pareja más importante de su vida, tan importante como que era el padre de su hija y eso no era fácil. Cuando se sentaban los tres a comer o a ver la televisión ella, en su fuero interno, sentía la satisfacción de tener lo que tanto había deseado siempre, una familia normal y al completo.

Continua


Estés donde estés
sabes que te adoro.
No importa la distancia,
yo iré a por ti.
Si necesitas a alguien,
aunque tú nunca necesitas ayuda,
pero si la necesitaras
quiero que sepas que estoy aquí.

No quiero cambiarte,
no quiero cambiarte,
no quiero cambiarte,
no quiero que cambies de opinión.
Me he encontrado con un ángel
en medio del peligro
de la mirada de los extraños.

Vayas donde vayas,
yo te seguiré.
Puedo alimentarme lentamente
si hay mucho que tragar.
Si quieres estar sola
puedo esperar sin esperar.
Si quieres que te deje marchar
estoy más que dispuesto
porque no quiero cambiarte,
no quiero cambiarte,
no quiero cambiarte,
no quiero que cambies de opinión.
Me he encontrado con un ángel
en medio del peligro
de la mirada de los extraños.

No quiero cambiarte,
no quiero cambiarte...

Nunca he estado con nadie
como he estado contigo.
Si el amor no es felicidad, es condena
porque el agua fluye y corre
por las cascadas fluye
el agua corre
por las cascadas.

No quiero cambiarte,
no quiero cambiarte,
no quiero cambiarte, 
no quiero que cambies de opinión.
Me he encontrado con un ángel
donde ya no hay peligro.
Donde el amor tiene ojos y no es ciego.


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