martes, 30 de agosto de 2016

Willy Toledo, la televisión y la provocación como negocio


Vaya por delante el decir que no veo la televisión casi nunca, ni siquiera los informativos y mucho menos en verano. Procuro informarme por internet. La información me parece mucho más veraz ya que puedes leer, ver o escuchar una misma noticia desde varios puntos de vista distintos y a golpe de click. Suelo hacerlo, además, tanto a través de grandes medios informativos como de pequeños, que para mi son mucho más fiables puesto que tienen menos intereses en juego, para empezar el publicitario. Es difícil que un gran medio informativo critique a una gran empresa que después puede dejar de anunciarse en ese medio.

En estos días, al parecer, el programa "Hable con ellas" ha contado con la aparición estelar del indeseable Willy Toledo. El programa debió tener su polémica puesto que Toledo, antes de ser entrevistado, publicó un twit en el que criticaba el nivel intelectual de quien veía ese programa. A raíz de este twit la presentadora del programa, Sandra Barneda, le reprochó su comportamiento con palabras tales como "has perdido el juicio" o "¿tú te crees que somos idiotas en este programa?". 

Esta "polémica" no es casual, para mi eso es algo evidente. Estoy seguro, sin saberlo, que el programa alcanzó una gran audiencia y consiguió que se hicieran eco del mismo varios medios informativos, entre ellos del que yo me he informado ( http://www.libertaddigital.com/ ). En primer lugar si el indeseable de Willy Toledo cree que la audiencia de ese programa está compuesta de tontos, ¿para qué va? ¿Por la pasta? Él, comunista de libro y anti-capitalista de hojalata, ¿renuncia a sus principios por dinero? Pues yo saco una conclusión, si la audiencia es tonta el que se presta a exhibirse en un programa de ese tipo es más tonto todavía. Además de vender esos "inamovibles principios" por dinero. Lo cual no sorprende en un engendro, como es este tipo.

Pero por otro lado está el programa. Yo no le habría hecho ningún reproche, le habría dejado en evidencia y no le habría dado ni un minuto de espacio. Solo le habría dado entrada en el programa para decirle: "Si crees que nuestra audiencia es idiota no se que haces aquí. Te vamos a facilitar las cosas despidiéndote de él ahora mismo". No le habría dado la opción ni de abrir la boca.

Pero es que para todo eso hay un problema, que esa polémica interesaba a los dos protagonistas. A Toledo para vender su postureo anti-sistema y comunista, es decir, para que se siga hablando de él. Cada vez tiene menos trabajo y solo puede encontrarlo en el escándalo y participando de este tipo de espectáculos. Pero lo del programa es más grave todavía. Este tipejo ha faltado al respeto a su audiencia y, aun así, le dan cobertura. ¿Por qué? Para vender más. A la gente que ve la televisión le va este tipo de historias. 

Todo esto me lleva a pensar en algo, ¿será realmente idiota quien ve este programa? Si yo fuera espectador habitual de él mi seguimiento habría llegado hasta ese día. Es fácil, el protagonista al que invitan me está llamando tonto y los responsables del programa no me están respetando, ya que dan al maleducado más horas de televisión. Sinceramente, a mi modo de ver seguir viéndolo sería darles a los dos la razón. Seguir viéndolo sería de tontos.

lunes, 29 de agosto de 2016

Pedro Sánchez, el vigilante de la playa

Sería absurdo que alguien pidiera a cualquier persona que renuncie a sus principios y que se atenga a los principios de esa otra persona. Eso sería tan absurdo como injusto, nadie tiene derecho a pedir algo así a nadie. Pero si hay algo que se le puede pedir a cualquier persona, tenga los principios que tenga o tenga las ideas que tenga, y eso es que por lo menos escuche e intente acercar posturas con ese otro alguien. Pero si esta última circunstancia se da en una persona que además sea político esa petición se puede convertir en una obligación de hacerlo.

Tras el acuerdo firmado entre el Partido Popular y Ciudadanos para la elección del candidato más votado, Rajoy, este decidió reunirse con el segundo más votado, Pedro Sánchez. Hay dos cosas que llaman poderosamente la atención tras esa reunión, el poco tiempo que duró la misma y la respuesta que ha dado Pedro Sánchez en rueda de prensa y en redes sociales. Según Sánchez la reunión que han mantenido los dos partidos más votados en las últimas elecciones ha sido una "reunión prescindible".

Un político cualquiera puede hacer cualquier tipo de declaración a los medios de comunicación, es libre de hacerlo. Pero hay algo que nunca puede hacer cualquier político al que, recuerdo, pagamos todos. No puede faltar al respeto a sus pagadores, votantes o no. Nos falta al respeto tomándose unas vacaciones desde el día de las elecciones hasta, de momento, hoy. De Pedro Sánchez solo hemos recibido noticias a través de las revistas del corazón, haciéndose eco de sus ilimitadas vacaciones. Llevamos dos meses viéndole de playa en playa para que ahora, además, diga que una reunión para evitar unas terceras elecciones en España sea "prescindible".

Prescindible es tomarse unas vacaciones de dos meses para una persona que tiene esa responsabilidad. Prescindible es, también, el sueldo que está cobrando en todo este año 2016 como diputado sin hacer nada. Prescindible es una persona que cuando se reúne con su adversario político es maleducado y faltón. Prescindible es hacer una demostración continua de su falta de preparación cada vez que no está asistido por sus asesores. Prescindible, en resumen, eres tú Pedro Sánchez, que lo único que has demostrado en todo este tiempo es que solo sirves para ser vigilante de la playa.



jueves, 18 de agosto de 2016

Pregunta



Si algo tenían en común Juan y María era el ser muy directos. No se andaban por las ramas, no pensaban y volvían a pensar qué decir y, sobre todo, cómo hacerlo. Lo hacían sin más. Juan ya le había demostrado desde que le había conocido que no era tonto y esta vez no hizo más que certificarlo. Juan quería saber también, no sólo era María la que tenía dudas o preguntas sobre su marido, Juan también. Y Juan no solo parecía también tener dudas, sabía perfectamente que María las tenía también sobre él. Carlos no paraba de preguntarse desde que Juan le hizo esa pregunta y bebió otro sorbo más de cerveza si no formaría todo parte de un concurso. ¿Sería una especie de cámara indiscreta de televisión? ¿Le estaría poniendo alguien a prueba? ¿Tanta confianza inspiró a esas dos personas para encontrarse en esa situación? O lo que quizás fuera más lógico, ¿se encontraba de repente en medio de una pareja con ganas de continuar juntos pero sin ninguna comunicación?

Esto último no sería ninguna sorpresa puesto que es algo que le pasa a todo el mundo, en todas partes. A él mismo le pasaba y le estaba pasando. Las relaciones cuanto más cercanas son se hacen mucho más difíciles. Muchas veces era sorprendente lo que le contaba algún conocido que él estaba seguro no le habrían contado ni a su madre, ni a su esposa o a su propio hermano. Pero él sabía que en ese tipo de situaciones el que más perdía siempre era el mensajero, el famoso teléfono roto. ¿Cómo transmitir una confidencia de una parte de la pareja a la otra? O todavía más difícil, ¿debía hacerlo? Parece mentira la rapidez con la que alguien es capaz de pensar en menos de un minuto. Pero lo que si tenía claro es que el silencio era la peor de las respuestas que le podía dar a Juan.

- Si Juan, hablamos de muchas cosas también de ti.
- ¿Y bien? - Inquirió Juan - ¿Me vas a contar de qué hablasteis?

Carlos, se estaba quedando mudo, no sabía qué decir. Ese era el único momento en el que se había sentido incómodo entre Juan y María. En ese momento echaba de menos su ascenso, su caminata y su baño en solitario en el riachuelo que nacía en aquella cima. ¡Cuánto echaba de menos esa soledad en aquellos momentos! Allí solo se molestaba en escuchar los ruidos de los pájaros y en encontrar la mejor forma de secar su ropa recién lavada en el río. Pero ahora no estaba allí, ahora estaba con Juan, después de tomarse un número indeterminado de cervezas y ante una pregunta directa y con pocas posibilidades de escapatoria.

- No se Juan. ¿Qué te puedo decir? Me habló de ti, me habló bastante de ti y de lo preocupada que estaba por tu actitud de los últimos tiempos. Se pregunta que si te pasa algo con ella, si hay algún problema...eso se pregunta.
- Lo hemos hablado muchas veces y ya le he dicho que no pasaba nada. Me molesta que me lo pregunte continuamente. Me sorprende que te lo haya contado a ti, no nos conocemos casi de nada.
- Si Juan, es sorprendente. Pero creo que estoy yo más sorprendido que tú de que lo haya hecho. Es más, aquí estamos en el bar y tú me has preguntado sobre ello directamente. Me da la sensación que el menos sorprendido de los dos eres tú.
- Si quizás tengas razón. María es así, yo la conozco muy bien. En cuanto coge confianza con una persona lo cuenta todo, no se calla casi nada. Yo soy más reservado, no cuento casi nada. Aunque contigo he hecho casi lo mismo que María. Se ve que los dos te hemos cogido confianza y cariño. Esto debe ser delicado para ti.
- Si, bastante delicado. Os aprecio a los dos y no me gustan estas situaciones.

Carlos, parecía haber encontrado el momento de cierta debilidad de Juan y no sabía si aprovecharlo preguntando más o callarse y esperar a que fuera Juan a que le contara. Quizás esa fuera la mejor opción. Callarse y esperar y que fuera Juan el que le contara lo que fuera, si él quería, claro. Juan parecía un poco abatido como aquel que cree tener un problema secreto e ignora que todo el mundo lo sabe, aunque guarde silencio sobre ello. En el momento en que cualquiera hace mención a ese problema, en el momento en el que el protagonista se entera que no es algo secreto, el problema parece multiplicarse por diez.

- En realidad si me pasa algo con María, Carlos. Pero me vas a permitir que no te lo cuente, no soy capaz de ello. ¿Lo entiendes?
- Lo entiendo perfectamente Juan y estás, además, en tu derecho de no contar nada. yo soy casi un completo desconocido y es lógico que no quieras contarme nada. De hecho yo tampoco os he contado casi nada a vosotros.
- No será porque María no te ha preguntado, ¿verdad?
- Si, si que lo ha hecho. - Contestó Carlos tras soltar una sonora carcajada. - Pregunta, ¡vaya si pregunta!

Aquellas risas provocaron también un ambiente un poco más distendido en una conversación que se había vuelto algo tensa. No había ningún tipo de disputa, ni de agresividad entre los dos, pero si cierta tensión por lo delicado del tema tratado en la conversación. Definitivamente Carlos ya sabía que a Juan si le pasaba algo con María y entendía perfectamente que no quisiera contárselo. Era lo un tema lo suficientemente delicado para que no actuara como estaba actuando.  

-Es tarde Carlos, María seguro que ya nos está esperando para comer. Gracias Carlos.
-¿Gracias? ¿Por qué Juan?
-Por escucharme y no preguntar.

De camino a casa para comer Juan ya fue pasando al silencio más absoluto. Algo que Carlos agradeció, no quería hablar más sobre ese asunto. El problema de Juan parecía grave. Mucho más grave de lo que él habría creído en un principio y, desde luego, mucho más grave de lo que le pudiera parecer a María.


Un día más



Carlos se sintió muy halagado por el ofrecimiento de María. Quedarse un día más no estaría nada mal. Estaba a gusto en la casa y le serviría para recuperarse mejor de las largas caminatas de los días anteriores. Pero le preocupaba algo, la opinión de Juan, era probable que no le pareciera bien y así se lo hizo saber a María. Ella no le dio ninguna importancia y le afirmó con rotundidad que a Juan no sólo le parecería bien, si no que estaría encantado. Estaba segura que a su marido le caía tan bien como a ella y estaría completamente de acuerdo. A pesar de ello Carlos quería hablarlo con Juan en persona y tras comentarlo con María decidió salir en su busca por el pueblo. "Si eso te hace sentirte más a gusto hablalo con él, es muy fácil de localizar. A estas horas estará tomando el aperitivo en el bar. Ya sabes donde está".

A medida que se acercaba al bar las voces de unos hombres se hacían más audibles. Lo que unos metros más lejos parecía una discusión al lado del bar no era más que una conversación. Una típica conversación de españoles a voces hablando unos por encima de los otros. A Carlos le recordaba todo eso a su abuelo cuando estuvo un estudiante inglés en su casa por intercambio. En lugar de hablarle claro para que le entendiera le hablaba alto, casi a voces. Eso a Carlos siempre le había hecho mucha gracia y las voces de los hombres reunidos en el bar le generaba muy buenos recuerdos, aunque para muchos eso no tuviera ningún sentido. Muchos de los pensamientos de Carlos, de haber sido analizados, hubieran producido su ingreso en un centro de salud mental. Él pensaba eso muchas veces cuando analizaba las cosas sin sentido que se le pasaban por la cabeza. Claro, que también pensaba que habría que analizar lo que pensaban los demás. A lo mejor acabaría más gente ingresada que en la calle, por lo que siempre concluía que unas dosis de locura era la normalidad.

Nada más entrar por la puerta sucedió lo del día anterior, silencio absoluto y todo el mundo girando su cabeza para analizar al extraño forastero, que lo único que tenía de extraño es que era forastero. No necesitó Carlos hacer demasiados esfuerzos para localizar a Juan porque enseguida este salió a su encuentro.

- Hola Carlos, ¡qué buena sorpresa! ¿Todavía aquí? Te imaginaba ya de caminata subiendo el Teleno.
- Hola Juan, me he levantado muy tarde y María me ha puesto un desayuno tan bueno que he comido de todo y ahora no me puedo ni mover.
- Tómate algo, estaba aquí charlando con toda esta gente. ¿Quieres una caña?
- Si, gracias Juan. Hace mucho calor en la calle y me apetece refrescarme.
- ¿Y qué cuentas? ¿Qué tal has dormido?
- Genial, estaba tan cansado que habría dormido hasta mañana.
- Pues eso tiene fácil solución, quédate con nosotros hasta mañana - afirmó Juan ante la cara de asombro de Carlos.
- Fíjate Juan, eso es precisamente lo que me acaba de decir María y venía aquí a hablarlo contigo por si tuvieras algún inconveniente.
- ¿Y por qué iba a tener yo inconveniente alguno? Si María te ofrece quedarte eso ya es suficiente, yo no tengo pega alguna.

Carlos no salía de su asombro. Y su asombro no era tan grande por el ofrecimiento de Juan, como por su actitud cuando estaba fuera de casa. En casa parecía diferente, callado y quizás un tanto huraño. Pero fuera parecía estar más en su salsa, en un ambiente que quizás le gustara más y en el que le apeteciera más estar. A pesar del asombro a Carlos le alegraba verle así, porque ese era el Juan que él había conocido el día anterior y no el que se encontró nada más cruzar las puertas de su casa. Definitivamente decidió que el mundo estaba loco de verdad y tanto Juan como María formaban parte de ese mundo de locos.

- Y qué, María te habrá dado mucha conversación. Le gusta mucho hablar, ¿a que sí?
- Si, la verdad es que si. Tú mujer es una persona muy abierta y amable. Me cae muy bien, la verdad es que los dos me caéis muy bien y estáis siendo muy amables conmigo. Con gente como vosotros da gusto.
- Gracias hombre. No creas que dejamos entrar a cualquiera en nuestra casa, pero a ti se te ve una persona maja, vamos, que nos has caído bien a los dos. Precisamente comentábamos eso antes de acostarnos. O más bien lo comentaba María, porque creo que siguió hablando de ti incluso cuando yo no la escuchaba porque me había dormido. Si que tenías sed, si. ¿Otra cañita?
- Pues si, pero a esta invito yo. ¿Otra para ti?
- Si, eso está hecho. - Afirmó Juan bebiendo de un trago la cerveza que aún tenía en el vaso.-

En ese rato de pequeña conversación Juan y Carlos se fueron quedando a solas en una esquina de la barra del bar. Pareciera como si el resto de la gente se sintiera un poco incómoda con el forastero, pero no era así. Eran la típica gente castellana, un tanto secos y distantes hasta que conocían a alguien pero abiertos y amigables en cuanto cogían una cierta confianza con el desconocido. Carlos se encontraba en su salsa, le gustaba la gente auténtica y no la gente falsa a la que tan acostumbrado estaba en Madrid. Gente que vivía continuamente de aparentar lo que no eran o, lo que es peor, lo que no tenían. En ese momento se alegraba de su fortuna, de la que tanto se quejaba últimamente. Había dado con una pareja encantadora que, a pesar de todo, no dejaba de sorprenderle. 

No fueron una, ni dos, fueron varias cañas las que se tomaron Carlos y Juan en una amigable charla en la que hablaron de temas completamente banales. Juan le hablaba del campo, de tractores, de la cosecha y acabaron hablando de temas tan delicados como el fútbol y la política. Carlos se dio cuenta que Juan no era la persona callada de su casa. Todos le apreciaban y todos le saludaban, incluso los que venían de los pueblos de alrededor. Un bar es fundamental en un pueblo y la hora del aperitivo es obligada, es el momento en el que todo el mundo puede hacer vida social. Carlos, que no estaba acostumbrado a beber tanto a esas horas, fue notando que las ya innumerables cervezas iban provocando su efecto y decidió ir al baño. A su vuelta Juan le esperaba con una nueva ronda, les habían invitado a los dos. Le ofreció su bebida y siguieron su conversación.

- ¿Y a qué hora dices que te has levantado?
- A las diez, cuando vi la hora pegué un brinco en la cama. Era demasiado tarde.
- Pues si te has levantado a las diez y has venido al bar a la una eso significa que María te ha dado mucha conversación. Muy normal en ella.
- Si, hemos estado hablando un buen rato.
- ¿Y qué te ha contado? ¿Te ha hablado de mi?



miércoles, 17 de agosto de 2016

¿Otro café?


Continuación de "El desayuno"

El desayuno se alargaba en el tiempo. Sin darse cuenta, Carlos y María, llevaban casi una hora sentados a la mesa. Estaban haciendo una extraña sobremesa, la del desayuno. Era un desayuno diferente al que estaban los dos acostumbrados. Carlos, un café bebido y siempre con prisas. Nunca se levanta con hambre mientras trabaja, un café, otro al cabo de una hora en un bar y, como mucho, comiéndose la galletita que le ponían con él. María, solía comer un poco al desayunar, no gran cosa. Desayunaba normalmente sola y siempre lo hacía con prisas. ¿Prisas para qué? Se preguntaba siempre. La casa no le daba mucho trabajo desde que los niños no estaban y en el pueblo no había demasiado que hacer, solo ir a comprar el pan.

Ella buscaba siempre alguna actividad, alguna manualidad pero no tenía la suficiente paciencia. La televisión, la radio o algo de lectura eran sus aficiones favoritas hasta que decidieron poner internet en casa. Juan no quería, decía que eso de internet era una bobada pero ella le convenció con la excusa que los niños lo iban a necesitar cuando estuvieran en casa. Eso, internet, le abrió un mundo nuevo. Como todo el mundo le hablaba de las famosas redes sociales ella sentía una gran curiosidad por descubrir ese mundo. "¿Que te has dado de alta en Fisbu?" Le dijo una vez Juan, entre irónico y enfadado. "¿Y qué haces tú ahí?" Resultaba curioso ese enfado para María, era un enfado con cierto aire de reproche y celos. "¿Celos?" Se preguntaba María. Juan no había demostrado nunca ser celoso, quizás por la seguridad que le daba vivir en un pueblo en el que el noventa por ciento de los habitantes superaban los setenta años. Si salían del pueblo era para ver a algún familiar, a los niños, o a hacer compras, y lo hacían siempre juntos. "Fisbu" era un terreno casi desconocido para Juan y eso no le gustaba.

Carlos asistía un tanto perplejo a las confesiones de María. No se explicaba que una persona tan entrañable, como a él le pareció Juan, tuviera ese tipo de reacciones. "¿Y qué problema hay por eso? Yo también tengo Facebook y no tiene nada de malo", le dijo a María. María al principio le contaba a Juan todas las cosas que leía o la gente a la que estaba conociendo a través de internet. Pero poco a poco se fue dando cuenta que eso a su marido no le gustaba, le conocía muy bien. Intentaba demostrar indiferencia, pero después él mismo se delataba haciendo algún comentario desagradable hacia su mujer. Decidió no contarle nada de internet y aprovechar para usarlo la gran cantidad de tiempo que él se pasaba fuera de casa. Era más fácil eso que dar explicaciones o, mucho peor, que ese fuera un motivo más de discusión. María evitaba las discusiones, no sabía si hacía bien o mal, pero no discutía nunca. Solo callaba y miraba hacia otro lado.

Carlos pasó del temor a hablar del tema a tener interés y curiosidad. Le parecía que si María optaba por contarle eso era porque tenía confianza con él y le había cogido cariño. En su cabeza, la imagen de Juan pasó, por un momento, de ser Ángel a una especie de demonio. Por suerte María se ocupaba constantemente de quitarle esa idea de la cabeza. Describía a Juan como una persona buena, honrada, trabajador y muy protector con su familia, con ella y con los niños, aunque a ella a veces le pareciera demasiado.

Carlos estaba completamente identificado con María y por momentos sintió cierta pena por ella. Pero al momento se le pasaba esa sensación. María era una mujer alegre y fuerte y sabía que, aunque no lo pareciera, la situación la dominaba ella completamente.Estaba seguro que en realidad las riendas de ese matrimonio las llevaba ella, aunque tuviera tantas quejas. Él no era ningún psicólogo, pero Juan tenía todo el aspecto de ser un hombre muy inseguro, quizás con un cierto sentimiento de inferioridad con respecto a su mujer. Al contrario que María, Juan no estaba envejeciendo demasiado bien y probablemente él se diera cuenta de ello. Una de las mayores sorpresas que se llevó Carlos al conocer a Juan fue conocer después a María. No le pegaba como mujer de Juan por su aspecto físico, parecía mayor que ella y un afortunado por tener una mujer tan bella, siendo él una persona normal.

No había vuelto a mirar el reloj y llevaban dos horas desayunando, se les estaba pasando la mañana por completo. Carlos se ponía nervioso, empezaba a ir con bastante retraso sobre el horario que más o menos tenía previsto y así se lo hizo saber a María. 

- María, debo continuar. Es muy tarde.
- ¿Tarde? ¿No decías que hacer esta ruta era como una especie de liberación mental y física? Pero no liberación del reloj. ¿Qué prisa tienes?
- Es que si no voy a salir muy tarde.
- ¿Tarde? Tú estos días no tienes horarios ni obligaciones. ¿No eran esas algunas de las cosas de las que te querías olvidar estos días? ¿Me equivoco?

Carlos se había quedado sin saber qué decir. María tenía toda la razón y poco a poco él solo se había buscado obligaciones en algo que precisamente era para eso, para olvidarlas. Miró a María, se encogió de hombros y sonrió, no dijo nada. Esa era su forma de darle la razón, no tener nada que decir. María le entendió perfectamente y sonrió sintiéndose orgullosa de haberle cazado en ese renuncio.

- Carlos. ¿Otro café?
- Si, muchas gracias.
- Carlos.
- Dime María.
- ¿Por qué no te quedas hoy?


Continua

El desayuno


Continuación de "El ansiado descanso"

- ¿Qué tal está todo Carlos? ¿Te gustan esos huevos caseros?
- Me encantan María, están buenísimos. Ahora ya no voy a poder tomarme un huevo frito si viene del súper.
- Es normal, aquí en el campo es todo más sano. Los tomates son tomates de verdad y los huevos también.
- Tienes toda la razón, no te das cuentas hasta que no lo pruebas.
- La cocina cansa mucho y siempre gusta que el trabajo que da te lo agradezcan.
- Así es, yo también cocino y siempre pregunto si le gusta a la gente...incluso antes de haber probado nada.
- Juan, sin embargo, no lo aprecia ni dice nada. Parece como si viniera a llenar el buche a plato puesto. Come, duerme la siesta y se va al bar...sin más.
- Es probable que solo sea cuestión de confianza, ya sabes que donde hay confianza da asco, María.
- No es cuestión de confianza porque hace unos dos o tres años no era así, ha cambiado.
- Bueno, no se. A lo mejor son imaginaciones tuyas. Ya sabes que un matrimonio se convierte en rutina muy rápido y después pasan cosas de esas. La anormalidad de la normalidad, diría yo.
- Puede ser, pero la que está aquí todo el día encerrada soy yo. No veo a casi nadie y si después llega él y apenas me dice nada, pues imagina que plan.

Carlos se sintió un poco incómodo ante esa confesión y decidió meterse un bocado en la boca, ya que no sabía que contestar ante una confesión así. María parecía haber cogido mucha confianza con él en poco tiempo y le confesaba cosas que, estaba seguro, que poca gente sabría. En su fuero interno solo le surgía una pregunta, la de por qué le contaba algo tan personal a él.Intentó cambiar de conversación haciendo mención a lo bien que hacía el café María, pero ella parecía no escucharle. Había sido como abrir una especie de caja de Pandora que ya no había forma de cerrar.

- Fíjate - continuó María - que ya he pensado de todo. Que ya no me quiere. Que no me soporta. He llegado a pensar que estaba con otra - afirmó riendo - pero ya ves tú, no sale del pueblo. Y aquí somos cuatro gatos, me habría enterado.

Como se dice vulgarmente, Carlos ya no sabía ni donde meterse. No deseaba saber más de esa historia porque al final tendría que opinar algo y no sabría qué decir. Tanto María como Juan se habían portado tan bien con él que era incapaz de dar la razón a uno, quitándosela al otro y viceversa. Decidió apurar el desayuno a más velocidad para intentar escuchar lo menos posible. Se había dado cuenta desde el primer momento que la conoció que María era una persona muy abierta, pero no pensaba que tanto. Cuando hablaba de ello, además, esa alegría innata en ella se convertían en una cierta melancolía y esos bellos ojos verdes se tornaban un tanto rojos.

- ¿Y no has pensado hablarlo con él? Sugirió Carlos.

Parecía que esa pregunta había salido de diez calles más lejos porque no se atrevió a pronunciarla más que como un susurro.

- Sí, ya lo he hecho - afirmó María con resignación - pero lo único que me contesta es que eso son bobadas. Se enfada, y Juan es un hombre muy tranquilo, con lo que tampoco me atrevo a sacar el tema muy a menudo, aunque se lo preguntaría todos los días. Todos los días son iguales. A veces pienso que quizás sea problema mío, me voy haciendo mayor y ya no me veo tan atractiva como era. Mira esta foto de cuando tenía veinte años, era una preciosidad.
- Bueno, yo todavía te veo muy bella. - Afirmó Carlos con rotundidad.

Esa frase le salió a Carlos del alma y, por la cara que puso María, le había hecho mucha ilusión que lo dijera. A Carlos le asustó un poco decir aquello, no quería que María pudiera pensar que lo hacía de forma gratuita, solo para que ella se sintiera bien. Él era un hombre y María le parecía una mujer muy atractiva para cualquiera. Una confesión como la que le estaba haciendo para muchos hombres supondría una oportunidad, pero no para él. No iba a inmiscuirse en un matrimonio por muchos problemas que tuvieran y menos con el comportamiento que habían tenido los dos con él.

Continua



martes, 16 de agosto de 2016

El dineral que gana Usain Bolt por cada segundo que compite


Leído en http://www.abc.es/ el 16 de Agosto de 2016


Usain Bolt es el mejor atleta de todos los tiempos. No hay nadie en el planeta que lo ponga en duda. Y como tal, es el mejor pagado del mundo, pero su presencia en las pistas de atletismo suele ser testimonial. Su mágica presencia, en pequeña dosis. El jamaicano, en los años que no hay Juegos Olímpicos (entonces suele doblar sus actuaciones), tiene por costumbre correr unas seis carreras al año. El resto del tiempo lo dedica a entrenar y a sus decenas de compromisos publicitarios, que son su principal fuente de ingresos. Unos 30 millones de dólares al año gana por las distintas marcas que le tienen como imagen.
Además, Bolt tiene varios negocios en marcha que también le dan suculentos réditos, como su propia cadena de restaurantes en su país (Usain Bolt's Tracks&Records) o una línea de perfumes. Y su caché por carrera está en los 400.000 dólares. En total, ronda los 33 millones de dólares de ganancias al año por ponerse en el tartán media docena de veces. Y la pregunta/curiosidad es inevitable. ¿Cuánto gana por segundo que compite Usain Bolt?
Si echamos las cuentas, el resultado es asombroso. Seis carreras de cien metros de Usain Bolt, tomando como referencia su última marca que le ha hecho campeón en Río (9.81), suman en total 58,86 segundos de competición en los 365 días de un año. Menos de un minuto. Así que cada segundo que disfrutamos de una zancada de Bolt, el jamaicano se embolsa alrededor de 560.000 dólares, o lo que es lo mismo, medio millón de euros. Una cifra astronómica para uno de los grandes deportistas de todos los tiempos. Y bien merecida que la tiene