La subversión ideológica según Yuri Bezmenov: cuando los hechos dejan de importar y los “idiotas útiles” son desechados
Yuri Alexandrovich Bezmenov (1939-1993), también conocido como Tomas Schuman, nació cerca de Moscú, hijo de un oficial del Ejército Rojo. Estudió lenguas indias y cultura de la India en una institución vinculada al aparato soviético. Trabajó para la agencia Novosti Press Agency, descrita por él mismo como un frente del KGB, y fue destinado a la India en los años 60. Allí participó en labores de propaganda y “medidas activas”. En 1970 desertó disfrazado de hippie, escapó a Atenas y acabó instalándose en Canadá bajo una nueva identidad, donde trabajó para la CBC y dio conferencias anticomunistas. Falleció en 1993.
Su entrevista más conocida, realizada en 1984 por G. Edward Griffin, describe cómo el KGB (según su versión) dedicaba solo alrededor del 15 % de sus recursos al espionaje clásico. El 85 % restante se destinaba a la “subversión ideológica”, “medidas activas” o guerra psicológica: cambiar la percepción de la realidad de una población hasta que, pese a la abundancia de información, la gente sea incapaz de llegar a conclusiones sensatas en defensa de sí misma, su familia o su país.
Las cuatro etapas de la subversión
- Desmoralización (demoralization) — 15 a 20 años.
Es el tiempo mínimo necesario para educar una generación entera (y, en la práctica, influir en tres) exponiéndola a la ideología del adversario sin contrapeso. Se actúa sobre educación, medios, cultura, religión y espacios de formación de opinión. El objetivo no es ganar debates, sino erosionar la capacidad de procesar la realidad.
- Desestabilización — 2 a 5 años.
Una vez debilitada la moral y los valores, se ataca la economía, las relaciones exteriores, la defensa y las instituciones.
- Crisis — semanas o pocos meses.
Un punto de quiebre violento o de caos agudo que permite un cambio radical de poder y estructura.
- Normalización — indefinida.
El término, irónicamente tomado de la propaganda soviética tras la invasión de Checoslovaquia en 1968 (“la situación se ha normalizado”), designa la consolidación del nuevo orden bajo control. Las promesas radicales desaparecen; lo que se impone es estabilidad autoritaria y saqueo.
La desmoralización: cuando las pruebas no sirven
La desmoralización destruye no la “verdad” en abstracto, sino la capacidad de la persona para procesar información real. “Un individuo desmoralizado es incapaz de evaluar información auténtica. Los hechos no le dicen nada. Aunque lo inundaras con pruebas, documentos y fotos, o incluso lo llevaras a la fuerza a la Unión Soviética y le mostraras un campo de concentración, se negaría a creerlo… hasta que reciba una patada en el trasero. Cuando la bota militar le aplaste los testículos, entonces lo entenderá. Pero no antes.”
Esta fase es la más larga y la más difícil de revertir. Según Bezmenov, una vez completada, hace falta otra generación (otros 15-20 años) de educación patriótica y de sentido común para empezar a contrarrestarla. La mayoría del trabajo, añadía, lo hacían “americanos a americanos” gracias a la falta de estándares morales.
Los “idiotas útiles”: herramientas, no socios
El post destaca la descripción que Bezmenov hace de profesores universitarios, activistas de derechos civiles y sectores de la izquierda radical: son “herramientas”. En la fase de desestabilización y creación de caos, están al frente. Creen que, una vez derribado el orden antiguo, se sentarán a la mesa del poder.
Bezmenov era explícito y frío:
“Los idiotas útiles, los izquierdistas que creen idealísticamente en la belleza del sistema socialista o comunista… cuando se desilusionan, se convierten en los peores enemigos. Por eso mis instructores del KGB decían específicamente: nunca te molestes con los izquierdistas. Olvídate de esas prostitutas políticas. Apunta más alto. […] Solo sirven en la etapa de desestabilización de una nación. Cuando su trabajo está terminado, ya no se les necesita. Saben demasiado. Algunos, cuando se desilusionan y ven que los marxista-leninistas llegan al poder, se ofenden porque creen que ellos gobernarán. Eso nunca ocurre. Serán alineados contra la pared y fusilados.”
El patrón, decía, se repetía: en Nicaragua, Granada, Afganistán o Bangladesh, los idealistas fueron ejecutados, encarcelados o exiliados por camaradas más duros una vez cumplida su función. Tras la toma del poder, se detienen las huelgas, desaparecen los eslóganes de igualdad y se impone la estabilidad absoluta. “Usados y desechados.”

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