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De padres sobreprotectores hijos tontos


He intentado desde que fui padre por primera vez tener una serie de premisas en cuanto a mi actitud como padre ante mis hijos. Estas premisas que yo mismo me marqué desde un principio se convirtieron en más complicadas, si cabe, al convertirme en padre divorciado, con lo que todo eso representa para un hombre. Obviamente, partiendo de esa serie de premisas, no es lo mismo ser padre de fin de semana cada quince días a ser padre que convive con sus hijos todos los días. Obviando el tema del divorcio, hay varias premisas importantes para mi. La primera es tener el respeto de ellos, pero no sólo por el hecho de ser su padre, si no por el hecho que la base del respeto, a mi modo de ver, es que sea mutuo. El respeto no se impone, el respeto se gana y para que se gane tienes que respetar a quien quieres que te respete. 

Otra de las premisas, para mi muy importante, es que mis hijos fueran capaces de contarme casi todo desde muy pequeños. Siempre he querido que tuvieran la confianza de que compartieran sus cosas conmigo, es imposible que sean todas sus cosas. Mis hijos son personas individuales y todos necesitamos nuestro espacio y nuestra intimidad que no compartimos con casi nadie y menos con unos padres. Creo que lo he conseguido, no tienen problemas en contarme algo tan increíble para mi como que una chica les guste o que simplemente les hayan mirado. Muchas son las veces que me pregunto si yo seré un buen padre, pero la respuesta siempre me la dan ellos con su cariño y con sus "te quiero", palabra muy difícil de conseguir en una relación entre padres e hijos. Aunque los hechos sean más importantes que las palabras, si a los hechos se le acompañan las palabras mejor que mejor.

Mi hija pequeña, once años, tiene por costumbre invitar a sus amigos a casa con bastante frecuencia cada vez que está conmigo. Me gusta que lo haga, aunque la he dicho muchas veces que no vaya a hechos consumados y lo consulte conmigo, aunque sepa que la voy a decir casi siempre que si. Yo o estoy o no estoy en casa cuando vienen sus amigos, siempre les dejo sus refrescos a mano y sus chucherías para que tenga algo con que agasajar a sus invitados. Pero a pesar de no estar yo, siempre está alguno de sus hermanos, de quince y dieciséis años cada uno, que no son necesarios porque ellos, ella y sus amigos, son lo suficientemente responsables para quedarse solos tres o cuatro horas en casa.

En esta ocasión ha surgido un hecho que me ha llamado la atención. Cuando ha llegado una de sus amigas y mi hija ha salido a recibirles y a abrirles la puerta esa niña no se ha quedado. Sus padres la han obligado a volverse a casa puesto que no estaba yo y no se fiaban de la responsabilidad de mi hijo de quince años para quedarse a cargo de ellos. No se dan cuenta esos padres que su desconfianza, aparte de absurda, es ofensiva no sólo para mi, o para mi hijo e incluso para mi hija. Es ofensiva incluso para ellos y sobre todo para su hija. ¿Qué problema hay? 

La sobreprotección, que no la protección,  para nuestros hijos no puede ser buena nunca. Una de las premisas básicas en la formación de un niño es algo tan difícil como conseguir tener confianza en sí mismo. ¿Qué pensará esa niña que vuelve a su casa porque yo no estaba en casa? ¿Hasta que edad será necesario un padre a su lado para que ella tenga la oportunidad de disfrutar quedando con sus amigos? ¿Quienes son ellos para ofendernos de esa manera a mi y a mis hijos? Y todo eso por intentar mantener a su hija escondida bajo un caparazón del que acabará saliendo si o si o por las buenas o, lo que es peor, por las malas.

Muchos casos se dan de hijos en situaciones similares con problemas en los estudios, con problemas de adicciones o con problemas de embarazos no deseados. La mayoría de ellos son porque salen de esa sobreprotección como sale un toro a la plaza de los toriles, sin saber ni hacia donde correr. Espero que esa niña no tenga ninguno de esos problemas, pero dudo que yo me entere. Lo primero que le he dicho a mi hija nada más enterarme de lo que había pasado al llegar a casa es que no quería que volviera a invitar a esa niña a nuestra casa. Lo siento mucho por ella porque no es su culpa, pero lo que no voy a permitir es que un padre sobreprotector venga a mi casa a ofenderme a mí o a los míos y yo quedarme tan tranquilo. Que con su pan se lo coman. 

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